Hace un par de años conocí a Ray Loriga en la entrega del Premio Alfaguara 2015. Aquel encuentro fue impactante para mí y lo inmortalicé en un relato que titulé como “Ray”. Ese día me dijo que se pasaba los días encerrado en casa escribiendo su nuevo libro, y que a las ocho de la tarde aprovechaba para salir a la calle. Entonces había publicado el maravilloso Za Za, Emperador de Ibiza, y hasta hoy no ha vuelto a publicar nada. Desde entonces estuve muy atento a la salida de su nuevo libro con las ganas de leerlo. Ahora me pregunto si aquel libro que escribió se trataba del Premio Alfaguara 2017 y él ni si quiera lo sospechaba. Se me ponen los pelos de punta sólo de pensarlo. Me alegro mucho por él, le doy mi más sincera enhorabuena y me gustaría poder volver a cruzarnos en nuestros caminos.

Ray 

De pequeño me leí La metamorfosis, que no es lo mismo que Las metamorfosis, un libro que también me leí casi a la par. Este último lo leí cuando me lo mandaron leer en Primero de Bachillerato en la asignatura de Latín. Obviamente no lo leí en latín. Había una parte de la asignatura (una hora a la semana) que se llamaba Cultura Clásica, en la que nos enseñaban todo lo que tuviera que ver con la cultura romana. A mí me flipaba. Ya habíamos hecho una primera incursión en aquel mundo el año anterior, en 4º de ESO, y habíamos aprendido y leído, por ejemplo, sobre la guerra de Troya y sobre cómo el amor por una chica guapa que se llamaba Helena (así, con H) había desencadenado una guerra de cojones que había acabado con la destrucción absoluta de una ciudad en la que por aquella época todo el mundo quería vivir. Para que os hagáis una idea, era la Malasaña de entonces. Supongo que conocéis la historia: la guerra de Troya se cuenta en La Eneida, y una vez leído el libro de Virgilio, nuestro profesor nos examinó. No era un examen complicado. Más bien era una especie de comprensión lectora. Te hacían preguntas sobre el contenido del libro y tú básicamente contabas la batallita pero con tus palabras.

Me encanta leer desde pequeño, y además tengo facilidad para retener los detalles más pequeños y ridículos, en los que nadie habitualmente se fija, de cada libro que pasa por mis manos. Por ejemplo, cuando tenía diez años, nuestro profesor apareció un día en clase con diez folios para que los leyéramos cada uno por nuestra cuenta durante un tiempo limitado. Cuando llegó la hora, nos retiró los folios a todos y nos hizo un examen sobre lo que acabábamos de leer. Todo el mundo se quejó del examen sorpresa, y creo que yo también, pero cuando vi las preguntas, facilísimas, sobre detalles de la lectura, del tipo: «¿De qué color era el sombrero del mendigo?», me froté las manos y respondí a todas sin ningún problema, mientras la clase entera resoplaba porque no tenía ni idea de por dónde empezar.  Mis compañeros seguramente habrían sido capaces de contar lo que acababan de leer, pero no eran capaces de responder a esas preguntas menos generales. Creo que entonces me di cuenta de que soy una persona que se fija más en las tonterías y en los detalles que en el grueso de las historias. En aquella ocasión me interesó más el color del sombrero del mendigo que la moraleja final, y a día de hoy sigo pensando que ese tipo de detalles son los que nos definen, y también los que pueden hacer que conozcamos a una persona mejor que nadie. Pero, lo que es más importante, de ahí pueden surgir las cosas más grandes que os podáis imaginar.

El caso es que yo con diez años ya suspendía las matemáticas, de hecho suspendía prácticamente todo. No sé si es porque era gilipollas y el cerebro no me daba para más, o sencillamente porque era un vago de cojones. La gente a mi alrededor me decía que era más bien por lo segundo, y yo creo que también, pero siempre he pensado (y no es por hacerme la víctima) que soy un poco corto y que me cuesta razonar las cosas más sencillas del mundo. Soy un negado por ejemplo para sumar, siempre lo he sido, y aún sumo utilizando los dedos de las manos. Con el tiempo he aprendido que hay que hacerlo discretamente si no quieres que la gente se ría de ti, así que lo que hago es esconder las manos de la vista de los demás y calcular entonces con los dedos, por ejemplo, la vuelta de la compra. Muy patético lo mío.

Suspender todo significaba en aquella época que los profesores te mirasen con ojos casi de odio y que para el resto de la clase no valieses nada o muy poco. El mismo profesor que nos hizo el examen de las diez hojas de lectura, había establecido que todos los alumnos de la clase de Matemáticas se sentaran en el aula en función de las notas de los exámenes. Nos tenía divididos en filas, y les había puesto una letra a cada una de ellas. La última era la de la B de burros. Yo estaba sentado junto a mi amigo Velao en la última mesa de aquella fila, es decir, nosotros éramos los más tontos de toda la clase de mates, y aquello daba por hecho que para el resto de cosas también éramos idiotas. Uno a uno, todos los profesores acababan enterándose de por qué ocupábamos aquel puesto de honor. Entonces se reían y desde aquel momento te miraban distinto. Casi mal. Era horrible.

Velao en la actualidad es profesor y uno de esos profesores que son buenos, aparte de haber hecho infinidad de cosas grandes antes de serlo. Nunca os fieis de esa gente que cataloga, y sobre todo no estéis mucho tiempo a su lado. De todas formas, os aseguro una cosa, mejor que os pongan de burros a que os pongan de listos y que luego descubran que en realidad los burros son ellos. Ese día el profesor corrigió todos los exámenes allí mismo y yo fui el único de la clase que saqué un diez. Antes de decirme la nota, tuvo los cojones de preguntarme si había copiado alguna de las respuestas. Yo pensé en aquel momento que el idiota era él por haber hecho un examen para tontos, y el resto de la clase por no haber sacado un diez en aquella birria de control.

Pero, volviendo a 4º de Eso: en la última pregunta del examen de La Eneida, nuestro profesor de Cultura Clásica nos pidió que le contásemos qué era lo que más nos había llamado la atención del libro. Por lo visto todo el mundo contestó cosas sobre la guerra, el incendio, la destrucción de Troya, etcétera. Creo que yo fui el único pringado que dijo que lo que más le había impresionado había sido ver a Eneas, que después de haber rescatado a su padre del fuego y de haberlo llevado a hombros hasta un lugar seguro, había tenido el valor de volver al caos de Troya para buscar a su mujer, Creúsa. Henchido de dolor y tristeza, había gritado su nombre por cada rincón de Troya; sin importarle el fuego, había entrado en los lugares más peligrosos para encontrarla. Si me llamó la atención aquella estampa fue porque deseé con todas mis fuerzas experimentar algún día un amor igual de grande, por el que no me importara dar la vida, un amor por el que entrar en una casa devorada por el fuego y a punto de desplomarse.

Creo que La Eneida fue el primer libro que leí por obligación pero con gusto. Al año siguiente, el mismo profesor nos mandó leer Las metamorfosis de Ovidio. De Las Metamorfosis me impactó todo. Es un libro que básicamente te explica el origen divino de las cosas, o al menos así lo entendí yo. La historia que más me impresionó fue la de Píramo y Tisbe. Yo era el raro de la clase; a la gente le flipaban las historias bélicas de aquellos libros y yo sin embargo me quedaba con las historias de amor y muerte. Píramo y Tisbe eran novios en secreto, de los primeros Romeo y Julieta de la historia. Shakespeare no inventó nada nuevo, no fue ningún visionario. Píramo y Tisbe eran vecinos, pared con pared literalmente, y no podían estar juntos porque sus padres se lo tenían prohibido, pero a pesar de ello, se comunicaban a través de signos y miradas que pasaban desapercibidos a sus familias. A través de una grieta en la pared de la casa se enviaban palabras de amor y se contaban sus historias. Por esa misma grieta planearon su huida, pero todo salió mal. Tisbe, que llegó la primera al moral blanco en el que se habían dado cita la noche convenida, huyó del lugar asustada por una leona que volvía de cazar una presa. Y Píramo, que encontró el velo de su amada ensangrentado con los restos de la caza, pensó que esta había fallecido entre las garras del animal. Sintiendo su vida carente de sentido, sacó entonces un puñal y se lo clavó en el pecho. La sangre brotó con tal fuerza de su cuerpo que tiñó el moral blanco de rojo. Cuando Tisbe salió de su escondite, al principio no reconoció el árbol. Solo cuando encontró a Píramo ensangrentado en el suelo comprendió lo que había pasado. Entonces lo abrazó, le sacó el puñal del pecho y se suicidó haciendo exactamente lo mismo que su amado. Desde entonces, el fruto de la morera ya no es blanco, sino púrpura, en honor de los dos jóvenes. Leer aquello me dejó sobrecogido, y creo que entonces me di cuenta de que el amor es capaz de todo. O al menos, está capacitado para hacer cualquier locura.

El amor y la muerte, la unión de ambos conceptos, me atrae desde entonces. Y es que es así, se puede morir de amor. Vale, podéis llamarme intenso, o gilipollas o las dos cosas directamente.

Unos años antes mi profesor de Literatura me descubrió a Andrés Trapiello. Yo devoré todos sus poemas. Su antología de Las tradiciones me parecía una auténtica genialidad de lo cotidiano. Luego leí muchos de sus poemarios, y cada vez que venía a firmar a la Feria del Libro, pensaba en llevárselos para que me los dedicase o para contarle que en uno de mis poemas más recientes le había hecho una mención, incluso lo imprimí para regalárselo, pero nunca me atrevía. Me daba miedo lo que pudiera pensar de mi poesía. Hace un par de años, estaba estudiando en la Biblioteca Eugenio Trías de El Retiro, como siempre con mi colega Jaén, y recuerdo que nos dimos un paseo por las casetas de la Feria del Libro, que había empezado esa semana. Como era un martes al medio día, no había mucha gente visitándolas. Recuerdo que Jaén me dijo que algún día yo también estaría ahí firmando, y que yo le contesté que aquello era imposible, que no soñara. Entonces vimos a Trapiello firmando en una de las casetas, y sin dudarlo me puse a la cola. Cuando llegó mi turno, le dije todas esas cosas que siempre había pensado decirle. Él fue muy educado y amable, y yo me fui a casa tachando mentalmente de la «lista de cosas por hacer antes de morir»: conocer a Andrés Trapiello.

Después de la lectura de Las metamorfosis decidí leer La metamorfosis de Kafka, únicamente porque buscaba algún tipo de parecido o influencia de Ovidio. Leer la historia de Gregorio Samsa, asistir a la evolución del personaje y del odio que empieza a tenerle su familia por haberse convertido en un insecto, tuvo el mismo efecto que si me hubieran disparado en la cabeza. Investigué sobre Kafka. Me leí El proceso. Aquel hombre me gustaba porque escribía locuras, cosas sin sentido que jamás podrían suceder pero que a mí me habría encantado haber vivido; he querido muchas veces convertirme en un insecto para que después me maten. Pegué sus fotos en blanco y negro en la pared de mi habitación, veneré su obra y su forma de ver el mundo. Siete años después conocí a Ray Loriga y me habló de Kafka.

No fue durante una noche de sexo, drogas y rock & roll, no. Yo estaba en el Ritz. Me habían invitado a los Premios Alfaguara 2015 y no tenía ni puta idea de quién era Ray Loriga; error mío. Leo pocos autores del S.XXI, y sobre todo, leo muy pocos (prácticamente ninguno) que escriban en español. El único contacto que había tenido con Ray Loriga hasta la fecha eran las citas que una amiga de la facultad se empeñaba en soltarme cada vez que me veía. Podíamos estar hablando de una asignatura o de lo que habíamos hecho el fin de semana, que no sé cómo conseguía conectar una de aquellas frases con algo que yo acababa de decir. La verdad es que eran muy buenas. Al principio yo siempre le preguntaba de quién eran y ella se pasaba cinco minutos diciéndome que era una vergüenza que un tío como yo no supiera quién era Ray Loriga ni hubiera leído uno solo de sus libros. Esto ocurría tan a menudo que dejé de preguntarle a quién citaba. «¿Ray dixit?», apostillaba con sorna, y ella respondía con cara de cabreada: «Sí, el mismo que nunca te has leído porque no me haces ni puto caso». Mi amiga me contó que Ray Loriga fue un icono de los noventa, cuando todas las chicas llevaban fotos de él en su carpeta; que la prensa lo comparaba con Kerouac pero que para ella y un puñado de gente era una especie de Bukowski español. Aquello había despertado mi interés, pero el caso es que seguía sin haberlo leído.

Los Premios Alfaguara se celebraron a finales de marzo, y yo había recibido mi invitación una semana antes. Muy halagado, confirmé mi asistencia a aquella comida sin dudarlo, y aquel día me escapé del trabajo con una excusa. No podía faltar, iba a ser mi primer contacto con el mundo editorial y sin duda conocería a muchos escritores. Lo curioso es que la invitación no llegó de cualquier forma: vino en un sobre plastificado de mensajería interna de Penguin Random House que por error llevaba pegado junto a mi dirección la etiqueta con la dirección y el nombre de otro invitado. ¡Andrés Trapiello!, los pelos se me pusieron de punta al leerlo. Es decir, ¿cuántas posibilidades había de que eso sucediera? Ninguna.

Era la primera vez que me invitaban a algo así. Yo era el novato de la editorial. Para no ir solo, se me ocurrió escribir a Elísabet Benavent porque pensé que ella iría, y así fue. En un momento que salimos a echar un pitillo, vi a lo lejos a Benjamín Prado, un escritor al que admiro. Sintiéndome bastante cateto, le dije sin embargo a Elísabet: «Mira, Benjamín Prado»”.
 —¿Sabes quién está a su lado? —me respondió ella, que no lo conocía.

—Ni idea.

—Es Ray Loriga.

—¡No jodas!

—Sí.

—Al fin le pongo cara.

—¿De verdad que no sabías quién era?

—No. Todo el mundo me dice siempre eso.

—Pues tú te das un aire a él.

Elísabet no dijo nada más y salimos a echar ese pitillo. A los tres minutos salió Ray Loriga a fumar y nuestros editores que por allí pasaban nos presentaron. A mí como Holden Centeno, y mientras me estrechaba la mano con fuerza, pensé: «Con este seudónimo, debe de estar pensando que soy cuanto menos gilipollas». Pero sin embargo fue muy correcto. Tenía la piel curtida, en su rostro, escondido tras la barba y unas Ray-Ban Aviator en el que el sol jugueteaba con las nubes, se adivinaban los golpes y triunfos que había ido obteniendo de la vida. Llevaba una americana, camisa y unas botas de punta. Con una sonrisa, sacó una cajetilla de tabaco Pueblo y nos ofreció a todos. Era un tipo divertido. Gastaba bromas y escuchaba cuando los otros hablaban. No sabéis cuánto lamenté no haberme leído ninguno de sus libros para poder hablar con él de su obra.

Ray Loriga nos contó que estaba escribiendo encerrado en casa durante todo el día hasta las ocho de la tarde, cuando se permitía el lujo de salir a la calle a darse un paseo. Luego comentaron la situación actual de las editoriales; lo complicado que es vender libros y todas esas cosas. Ray Loriga, que no tenía ni puta idea de quién era yo pero allí estábamos cara a cara, me decía que la vida del escritor es bastante jodida, salvo en días como aquel, en el que te invitan a comer a sitios caros. Si quería saber el futuro que me esperaba, solo tenía que ir de viaje a Praga y visitar la casa de Kafka, “un cuchitril de mierda donde solo hay espacio para una cama y una mesa.”

—De ahí sacó a su insecto. No busques más. No nos hace falta nada más para escribir —me decía mientras movía el cigarro de un lado a otro gesticulando con la mano.

La frase se me quedó grabada.  Seguimos hablando lo que duró otro pitillo y entramos todos al salón a comer. Después de que me cediera el paso en la puerta giratoria de madera del Ritz no volví a verlo jamás.

Como tenía que volver al trabajo porque miento fatal y la excusa del médico no se iba a tener en pie durante tanto tiempo, me fui antes de que sirvieran el postre y de escuchar el fallo del jurado.

Aquella misma tarde al salir de trabajar, llamé a mi amiga para contarle que había conocido a su ídolo, y antes de poder decirle nada me dijo llorando que no podía hablar conmigo, que hacía unas horas se acababa de morir su padre: «La gente le hablaba de aeropuertos y lavadoras, pero él solo podía pensar en huracanes». Cuando fui a contestarle ya había colgado. Volví a llamar pero había apagado el móvil. Llegué a casa y lo primero que hice fue buscar en Google aquella frase. Era de Ray Loriga. A la mañana siguiente me compré su primer libro.